Los diamantes: mensajeros del interior terrestre. Por Julio Stampone
"El
diamante es el testimonio más deslumbrante de la paciencia de la Tierra; un humilde
carbón que el tiempo convirtió en eterno brillante"
La Tierra por dentro
En los últimos años los adelantos tecnológicos han permitido revelar
algunos misterios ocultos del interior terrestre. Para conocerlos, deberemos
recorrer 6371 km hasta llegar a su centro; durante ese trayecto atravesaremos
diferentes capas de materiales y en distintos estados físicos, producto de las
interacciones entre las altas presiones y temperaturas ahí existentes.
Luego viene el manto inferior sólido, que se extiende hasta los 2900 km, donde tanto la temperatura como la presión siguen en aumento hasta registrar 3700 °C la primera y 1,4 millones de atm la segunda. En esta parte del interior terrestre solo conviven cuatro especies minerales: la bridgmanita, que se destaca por ser el mineral más abundante del planeta y ocupa aproximadamente el 38 % del volumen total, la ferropericlasa, la davemaoíta y la postperovskita. Esta última especie es la más densa y se encuentra entre los 2700 y los 2900 km de profundidad, marcando la transición hacia el núcleo externo «líquido» que llega hasta los 5150 km. Este está compuesto fundamentalmente por hierro (85 %) y níquel (5 %), acompañado por escasas proporciones de elementos ligeros minoritarios (entre el 5 % y 10 %) como azufre, silicio, oxígeno, carbono e hidrógeno, los cuales deprimen el punto de fusión, causando un efecto antisolidificante pese a las altas temperaturas y presiones existentes, del orden de los 4000 °C a 5500 °C y entre 1,4 y 3,3 millones de atm respectivamente.
Finalmente, en la parte más profunda de nuestro planeta se encuentra el núcleo
interno, formado por una aleación de hierro y níquel (ferroníquel) en un
porcentaje algo mayor que en el núcleo externo y con menor proporción de
elementos ligeros, pero en estado sólido debido al confinamiento gravitacional
masivo, producto de los miles de kilómetros de materiales que tiene por encima.
Aquí la temperatura alcanza los 6000 °C y la presión está en el orden de los
3,6 millones de atm, que equivalen a una
fuerza de 37 millones de toneladas por metro cuadrado. Esta bola metálica
sólida tiene el tamaño de Plutón y se encuentra flotando y girando en sentido
antihorario dentro del hierro fundido, en el mismo sentido que toda la Tierra.
¿Qué rol cumplen los diamantes en todo esto?
Los diamantes son los cristales naturales más duros que conocemos; de
acuerdo con la Escala de Dureza de Mohs, alcanzan el valor tope de 10. Están
compuestos por carbono, pero pueden contener inclusiones o impurezas
minoritarias de distintas sustancias o minerales. Tienen la particularidad de
que, al penetrar la luz en ellos, la velocidad de esta se reduce notablemente:
de incidir a casi 300.000 km/s baja a unos 124.000 km/s. Entra lenta, le cuesta
salir y rebota adentro; por eso brilla tanto.
Todos los diamantes se forman en el manto terrestre bajo condiciones
extremas de presión y temperatura, unos más profundamente que otros. En
ocasiones, impulsados por las fuerzas interiores, salen de su situación de
confort y viajan hasta la litósfera, dando por cumplido su cometido de
«mensajeros del interior terrestre» trayendo consigo los secretos de las
profundidades. Cabe mencionar que el coqueto diamante tiene un hermano pobre,
el grafito, que posee igual composición química (carbono) pero distinta forma
de cristalización, por lo que difieren notablemente en sus propiedades físicas.
¿Cómo hacen su tarea los diamantes?
Ellos se forman a elevadas profundidades. Las variedades más comunes lo
hacen entre los 100 km y 200 km, en la litósfera continental antigua; mientras
que los superprofundos son raros, se originan entre los 400 km y 800 km de
profundidad y son clave para conocer el interior profundo de la Tierra.
Los movimientos tectónicos, comunes en el interior terrestre, generan vías de escape de las rocas fundidas (magma) que, favorecidas por la diferencia de presión, provocan que los gases disueltos en ella comiencen a expandirse, impulsando el magma hacia la superficie.
Este tipo de magma, denominado kimberlítico, sube a través de un conducto principal (chimenea) llevando como pasajeros a los diamantes. A medida que avanza se va enfriando y, finalmente, termina solidificándose sin llegar a la superficie.
La característica principal de este fenómeno geológico es la gran
velocidad de ascenso, de entre 30 y 70 km/h. Esta emergencia rápida es crucial
para la existencia de los diamantes: si fuera más lenta, como en los demás
magmas del planeta (que viajan entre 1 m/año y 3,6 km/h), la caída de presión
transformaría a los diamantes en grafito; el rico se volvería pobre.
Durante su crecimiento, los diamantes incorporan en su estructura
interna impurezas microscópicas conocidas como inclusiones, que en muchos casos
son partículas minerales (el 99,5 % de ellos tienen imperfecciones). Por otro
lado, la extremada dureza que poseen los diamantes los convierte en una cápsula
del tiempo acorazada e indestructible que protege a los minerales atrapados de
los bruscos cambios de presión y temperatura que acontecen en su camino hacia
la superficie terrestre. De esta manera, cuando los científicos analizan las
partículas minerales contenidas en los diamantes, pueden establecer dónde se
formaron, arrojando luz sobre cómo está conformado el interior terrestre y cuál
fue su ambiente de formación. ¡Algo increíble, ¿no?!


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