EL PLANETA INQUIETO. Por Julio Stampone
“Y sin embargo, se mueve”
Galileo Galilei
El tour espacial
Sin dudas, al hablar de un planeta inquieto me estoy refiriendo a la
Tierra. Utilizo un calificativo que suele aplicarse a personas o animales, pero
que considero pertinente y adecuado dado que, en su etimología,
"inquieto" significa literalmente “falto de reposo o quietud”, y
precisamente así es nuestro mundo.
¿La quietud no existe en la Tierra?
Además de los movimientos astronómicos mencionados, el mundo que
habitamos tiene una geodinámica interna activa y constante que permanecerá
durante miles de millones de años. Esta actividad impulsa el movimiento de las
placas tectónicas, dando lugar a la construcción y destrucción de montañas, la
apertura y cierre de océanos, la formación de rocas, el vulcanismo y los terremotos,
entre muchos otros fenómenos geológicos. Nuestro planeta es un cuerpo celeste
literalmente “vivo” que se mueve tanto en la superficie como sobre nuestras
cabezas y bajo nuestros pies.
El Sol siempre está y es quien nos cede su energía. El 70 % de la
radiación solar que recibimos se aprovecha, entre otras cosas, para brindarnos
calor y generar los vientos, las olas, el ciclo del agua y la vida misma; el
resto se refleja al espacio.
Párrafo aparte merece el movimiento de las mareas oceánicas y también de
las terrestres —que las hay, aunque son poco conocidas—. La superficie sólida
de la Tierra se eleva y desciende regionalmente entre 20 cm y 30 cm dos veces
al día, pudiendo alcanzar máximos de 50 cm. Nosotros no percibimos estos
movimientos porque su área de influencia es extremadamente amplia, pero la
ciencia sí los registra. Ambas mareas se deben a la atracción gravitatoria
ejercida principalmente por la Luna y, en menor medida, por el Sol.
El motor interno
La Tierra posee una reserva de calor interior proveniente de dos fuentes
predominantes que generan, aproximadamente a partes iguales, casi el 95 % del
total producido en el planeta. La primera es el calor primordial, que es la
energía térmica retenida en el interior profundo desde su formación hace 4600
millones de años. La otra es el calor radiogénico, liberado principalmente en
el manto por la desintegración de isótopos inestables de uranio-238,
uranio-235, torio-232 y potasio-40. También se produce en la litosfera, la
cual, no obstante, permanece relativamente “fría”. Esta capa actúa como una
manta aislante que cubre la Tierra evitando la pérdida excesiva y rápida de
calor, debido a que las rocas que la componen son malas conductoras térmicas.
De esta manera, la litosfera regula y disipa la energía procedente del manto,
donde se transforma en la energía mecánica que impulsa el movimiento de las
placas tectónicas. Es así como el planeta, por ahora, se mantiene caliente y
dinámico.
El núcleo interno es una bola sólida y caliente (a unos 5400 °C a 6000
°C), de unos 2440 km de diámetro, que cede calor al núcleo externo. Esto genera
en él corrientes convectivas de una aleación líquida de hierro y níquel, de
manera parecida a lo que ocurre en una olla de puchero: las papas se calientan
abajo y suben, luego, al llegar arriba, se enfrían y bajan, continuando así el
ciclo. Estas corrientes circulan a una velocidad de unos 15 a 20 km por año —un
ritmo similar al de un caracol cansado— y son las responsables de generar el
campo magnético terrestre (la magnetosfera) que tanto nos protege de la
radiación solar y del viento cósmico.
Como han podido apreciar, la Tierra no está quieta; todo lo contrario.
Este dinamismo nos hace distintos al resto de los planetas del Sistema Solar:
somos los únicos con agua líquida estable en la superficie y no hay otro con
una tectónica de placas activa como la nuestra.


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