EL PLANETA INQUIETO. Por Julio Stampone

 


“Y sin embargo, se mueve”

Galileo Galilei

 

El tour espacial

Sin dudas, al hablar de un planeta inquieto me estoy refiriendo a la Tierra. Utilizo un calificativo que suele aplicarse a personas o animales, pero que considero pertinente y adecuado dado que, en su etimología, "inquieto" significa literalmente “falto de reposo o quietud”, y precisamente así es nuestro mundo.

 

Desde sus orígenes como tal hace 4600 millones de años —e incluso antes, durante su proceso de gestación por acreción acumulando materia de su entorno espacial— no ha dejado de moverse. Rota sobre su propio eje a una velocidad de 1670 km/h en el ecuador (y no nos despeinamos), gira en torno al Sol viajando a 107.200 km/h y se traslada con este y su séquito de planetas del sistema solar alrededor del centro de la Vía Láctea a un ritmo de unos 828.000 km/h. Y, como si esto fuera poco, a su vez toda nuestra galaxia se desplaza en un Universo en expansión a algo más de 2 millones de kilómetros por hora, acelerándose a medida que se aleja.


 

¿La quietud no existe en la Tierra?

Además de los movimientos astronómicos mencionados, el mundo que habitamos tiene una geodinámica interna activa y constante que permanecerá durante miles de millones de años. Esta actividad impulsa el movimiento de las placas tectónicas, dando lugar a la construcción y destrucción de montañas, la apertura y cierre de océanos, la formación de rocas, el vulcanismo y los terremotos, entre muchos otros fenómenos geológicos. Nuestro planeta es un cuerpo celeste literalmente “vivo” que se mueve tanto en la superficie como sobre nuestras cabezas y bajo nuestros pies.

El Sol siempre está y es quien nos cede su energía. El 70 % de la radiación solar que recibimos se aprovecha, entre otras cosas, para brindarnos calor y generar los vientos, las olas, el ciclo del agua y la vida misma; el resto se refleja al espacio.

 

Párrafo aparte merece el movimiento de las mareas oceánicas y también de las terrestres —que las hay, aunque son poco conocidas—. La superficie sólida de la Tierra se eleva y desciende regionalmente entre 20 cm y 30 cm dos veces al día, pudiendo alcanzar máximos de 50 cm. Nosotros no percibimos estos movimientos porque su área de influencia es extremadamente amplia, pero la ciencia sí los registra. Ambas mareas se deben a la atracción gravitatoria ejercida principalmente por la Luna y, en menor medida, por el Sol.

 

El motor interno

La Tierra posee una reserva de calor interior proveniente de dos fuentes predominantes que generan, aproximadamente a partes iguales, casi el 95 % del total producido en el planeta. La primera es el calor primordial, que es la energía térmica retenida en el interior profundo desde su formación hace 4600 millones de años. La otra es el calor radiogénico, liberado principalmente en el manto por la desintegración de isótopos inestables de uranio-238, uranio-235, torio-232 y potasio-40. También se produce en la litosfera, la cual, no obstante, permanece relativamente “fría”. Esta capa actúa como una manta aislante que cubre la Tierra evitando la pérdida excesiva y rápida de calor, debido a que las rocas que la componen son malas conductoras térmicas. De esta manera, la litosfera regula y disipa la energía procedente del manto, donde se transforma en la energía mecánica que impulsa el movimiento de las placas tectónicas. Es así como el planeta, por ahora, se mantiene caliente y dinámico.

El núcleo interno es una bola sólida y caliente (a unos 5400 °C a 6000 °C), de unos 2440 km de diámetro, que cede calor al núcleo externo. Esto genera en él corrientes convectivas de una aleación líquida de hierro y níquel, de manera parecida a lo que ocurre en una olla de puchero: las papas se calientan abajo y suben, luego, al llegar arriba, se enfrían y bajan, continuando así el ciclo. Estas corrientes circulan a una velocidad de unos 15 a 20 km por año —un ritmo similar al de un caracol cansado— y son las responsables de generar el campo magnético terrestre (la magnetosfera) que tanto nos protege de la radiación solar y del viento cósmico.

Mientras tanto en el manto, de unos 2800 km de espesor, se produce un fenómeno similar al del núcleo externo. En este caso, el calor es alimentado por dos motores térmicos: el proveniente del núcleo externo y el radiogénico. Aquí ocurre un fenómeno muy particular: se originan corrientes de convección de rocas sólidas que se comportan como un fluido debido al intenso calor y a la gran presión existente en esas profundidades. A lo largo de millones de años, las rocas calientes se desplazan a velocidades estimadas entre 1 cm y 10 cm por año. Tardan decenas de millones de años en llegar a la litosfera superficial, donde transfieren su energía y generan los fenómenos geológicos ya descritos. ¡Cosa de no creer, ¿no?!


 

Como han podido apreciar, la Tierra no está quieta; todo lo contrario. Este dinamismo nos hace distintos al resto de los planetas del Sistema Solar: somos los únicos con agua líquida estable en la superficie y no hay otro con una tectónica de placas activa como la nuestra.

 

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