LA ENERGÍA DEL FUTURO Por: Julio Stampone
LA ENERGÍA DEL FUTURO
Por Julio Stampone
El futuro es mañana
La alborada de la energía
Sabemos que el universo existe desde hace unos 13.800 millones de años. Su nacimiento ocurrió como consecuencia de la denominada Gran Explosión (Big Bang), la cual, más que una explosión, fue una expansión ultrarrápida del propio espacio. Todo su contenido, que inicialmente era energía pura transformada luego en partículas elementales, se estiró junto con él, un proceso que aún continúa de forma acelerada.
Durante los primeros 300.000 a 400.000
años la materia aún no estaba organizada, era un estado plasmático, más tarde
se originaron los primeros átomos. Es aquí cuando una pequeña parte del total
de la energía primigenia (5% aproximadamente) se convierte en materia normal
o bariónica --es la que actualmente forma todo lo que conocemos, vemos y
podemos tocar--, y está compuesta básicamente por protones, electrones neutrones.
Otra parte de la energía conformó la materia oscura (27%
aproximadamente), que no emite, no refleja, ni absorbe la luz, es invisible a
los telescopios; se sabe que existe porque se conoce su fuerza gravitacional,
es la que mantiene unidas a las estrellas que conforman las galaxias; de otra manera
las estrellas exteriores saldrían despedidas y la galaxia se desintegraría. Finalmente,
tenemos a la energía oscura (68%), considerada misteriosa, porque no
está comprobada su existencia, pero sí sus efectos, presumiéndose que existe en
todo el espacio, y tiene por función actuar como una fuerza expansiva a gran
escala que estira al universo aceleradamente.
La propia
energía del universo impulsó su transformación
Durante los primeros 300.000 a 400.000 años, la materia aún no estaba
organizada y el universo se encontraba en un estado plasmático; fue al final de
este período cuando se originaron los primeros átomos. Es aquí cuando una
pequeña parte del total de la energía primigenia (un 5% aproximadamente) se
convierte en materia normal o bariónica —la cual actualmente forma todo
lo que conocemos, vemos y podemos tocar—, compuesta básicamente por protones,
electrones y neutrones.
Otra parte de la energía conformó la materia oscura (27%
aproximadamente), que no emite, no refleja ni absorbe la luz, por lo que es
invisible para los telescopios. Sabemos que existe debido a su fuerza
gravitacional, que es la que mantiene unidas a las estrellas que conforman las
galaxias; de otra manera, las estrellas exteriores saldrían despedidas y las
galaxias se desintegrarían. Finalmente, tenemos a la energía oscura
(68%), cuya naturaleza exacta sigue siendo un misterio, pero de la cual
comprobamos sus efectos a gran escala: actúa como una fuerza expansiva que
estira al universo de manera acelerada.
La propia energía del universo impulsó su transformación. Durante los
primeros 200 a 400 millones de años, el universo pasó de ser una oscura, densa
y fría niebla gaseosa —compuesta principalmente por hidrógeno, algo de helio y
trazas de litio— a un amanecer cósmico producto de la fusión nuclear. En este
proceso, el hidrógeno acumulado y comprimido por la gravedad se transformó en
helio, liberando una cantidad enorme de energía en forma de luz y calor. De
esta manera se originaron las primeras estrellas, las cuales eran gigantescas y
muy luminosas.
La fusión del hidrógeno en estas estrellas primigenias generó gran
cantidad de energía, aumentando notablemente la temperatura interior hasta el
orden de millones de grados centígrados. Así, paulatinamente y a lo largo de
millones de años, se fueron uniendo elementos livianos para crear otros cada
vez más pesados y complejos, en un proceso continuo que se detuvo al llegar al
hierro.
Esta gran explosión genera una inmensa nube estelar que inicialmente se
esparce en el espacio. Luego, la gravedad vuelve a unir los elementos
remanentes de la supernova extinta, dando lugar a la formación de una segunda
generación de estrellas que ahora contienen átomos pesados. El proceso
evolutivo del universo continúa de esta forma; de hecho, nuestro Sol es una
estrella de tercera generación.
Todos los átomos que componen la materia de nuestro mundo tienen su
origen en estrellas del pasado. Tanto lo inorgánico como lo orgánico son solo
el producto de la transformación de la energía original en masa. Esto fue
expuesto genialmente por Albert Einstein en su teoría de la relatividad, cuya
famosa ecuación es:
Donde: E = Energía total, m = Masa y c² = Velocidad
de la luz al cuadrado
El uranio,
el “Superman” de la energía
Este átomo, poseedor de un poder físico descomunal concentrado en un
espacio diminuto, está íntimamente relacionado con el origen cósmico de los
elementos pesados. Como ya mencioné, las estrellas normales no pueden fabricar
nada más pesado que el hierro. Los elementos de mayor peso atómico, como el
oro, el platino, el plomo y el uranio, requirieron de eventos mucho más
violentos y energéticos, como la explosión de supernovas o la colisión de
estrellas de neutrones (kilonovas). Durante estos cataclismos cósmicos, el
uranio se nutre de una gran cantidad de neutrones; es decir, la energía se
convierte en masa a través del proceso de captura neutrónica rápida, ilustrado
en la famosa ecuación de Einstein (E= m). Dado que estos átomos son
muy inestables, requieren de tiempo para estabilizarse, lo que logran mediante
la desintegración radiactiva, un proceso en el que desprenden energía. Aquí
entra en juego otra vez la ecuación de Einstein, pero a la inversa: el uranio
guardó la energía en forma de masa y, al fisionarse o desintegrarse, la
convierte nuevamente en energía, produciendo luz y calor. Una pequeña porción
de masa produce una enorme cantidad de energía.
Por ejemplo: si pudiéramos convertir por completo un gramo de materia
(el peso aproximado de un clip para papel) en energía pura, se liberaría la
misma cantidad de energía que la producida al quemar 3 millones de litros de
nafta o la equivalente a la explosión de 21,5 kilotones de TNT. Esta potencia
es similar a la de la bomba atómica arrojada en Nagasaki en 1945 (unos 21
kilotones). Es decir, ese clip de oficina contiene en su masa una energía
equivalente a la de toda la bomba.
El uso humano del uranio
El puntapié inicial en el conocimiento del gran poder energético de
ciertos átomos lo dieron en 1898 Marie y Pierre Curie, al acuñar el término
“radiactividad” y aislar el polonio y el radio. Algo más tarde, en 1905, Albert
Einstein publicó la ecuación E=m
, explicando teóricamente por qué la
masa se puede transformar en una gran cantidad de energía. Posteriormente,
entre 1938 y 1939, Otto Hahn, Lise Meitner y Fritz Strassmann lograron dividir
un núcleo de uranio, dando nacimiento a la fisión nuclear experimental. Poco
después, en 1942, con la instalación de un rudimentario reactor (el Chicago
Pile-1), el físico Enrico Fermi logró la primera reacción en cadena
autosostenida creada por el ser humano.
El aprovechamiento pacífico del gran poder energético del uranio se
remonta a 1951, cuando se utilizó de forma experimental por primera vez en EE.
UU., logrando generar la electricidad justa para encender cuatro lamparitas de
luz. Pocos años después, en 1954, la Unión Soviética inauguró la primera
central nuclear del mundo conectada a una red eléctrica comercial. De ahí en
más, continuó acrecentándose el uso del uranio, tanto con fines pacíficos como
militares.
Pero no todas son loas para él. Este Superman de la energía tiene su
propia criptonita: debilidades críticas que complican su uso. Entre ellas se
destacan los residuos radiactivos, que siguen siendo peligrosos durante miles
de años, y el riesgo de accidentes graves, como los ocurridos en Chernóbil
(1986) y Fukushima Daiichi (2011), que sucedieron cuando fallaron los sistemas
de refrigeración de los reactores.
La fusión nuclear: la energía del mañana
Antes de entrar en el tema, conviene repasar dos conceptos: fusión y
fisión nuclear. La fusión nuclear es el proceso que ocurre en las
estrellas y consiste en unir los núcleos de dos átomos ligeros para formar uno
más pesado. Por el contrario, la fisión nuclear divide un átomo pesado
en otros más ligeros; este es el método que se utiliza actualmente en las
centrales nucleares comerciales.
En la Tierra no es posible replicar la inmensa presión del núcleo solar
(unos 250.000 millones de atmósferas). Por eso, en lugar de hidrógeno común,
los reactores terrestres utilizan preferentemente deuterio y tritio
(isótopos del hidrógeno). Estos isótopos ya cuentan con neutrones en sus
núcleos y requieren una menor presión de confinamiento, aunque exigen
temperaturas extremas de unos 150.000.000 °C para reaccionar.
La carrera por dominar la fusión nuclear se ha acelerado en los últimos
años gracias a la inyección de capital privado y al desarrollo de nuevas
tecnologías, como la inteligencia artificial y superconductores avanzados. El
liderazgo actual se reparte entre gigantes estatales y startups
(empresas emergentes) de distintos países y regiones, incluyendo a China, EE.
UU., el Reino Unido, Corea del Sur, Japón y la Unión Europea.
¿Cuándo llegará esta energía a la red eléctrica?
Se estima que los primeros reactores comerciales de demostración podrían
empezar a operar entre el final de esta década y mediados de la siguiente,
mientras que su adopción global masiva tardaría entre quince y veinte años más.
Durante un período de transición, se prevé la coexistencia de ambos tipos de
energía nuclear.
Aunque tanto la fisión como la fusión nacieron y se desarrollaron
inicialmente con fines bélicos, hoy el enfoque de la fusión es puramente
comercial y civil: su finalidad es convertirse
en la fuente de energía limpia, segura y casi inagotable para solucionar la
crisis energética mundial.
Este tipo de energía presenta ventajas notables frente a la fisión
nuclear:
- Seguridad
intrínseca: No existe riesgo de una reacción en
cadena descontrolada o colapso del núcleo (como ocurrió en Chernóbil o
Fukushima). Si ocurre un fallo, el plasma se enfría y la reacción se
detiene instantáneamente.
- Residuos
mínimos: El subproducto principal de la reacción es el helio, un gas
inofensivo. Aunque los componentes del reactor se vuelven radiactivos por
la activación de neutrones, estos materiales dejan de ser peligrosos en
aproximadamente 100 años, permitiendo su reciclaje seguro.
- Combustible
accesible: El deuterio se extrae fácilmente del
agua y el tritio se puede producir dentro del mismo reactor a partir del
litio.
- Alta
densidad energética: Libera casi cuatro veces más energía por
unidad de masa que la fisión nuclear y millones de veces más que los
combustibles fósiles.
- No
proliferación: Los reactores de fusión comercial no
utilizan ni producen materiales de grado militar aptos para armas
nucleares.
Además, en comparación con las energías renovables convencionales, la
fusión es una fuente intensiva y no extensiva (no requiere grandes
extensiones de tierra como la eólica o la solar); no depende de la geografía ni
del clima, y puede funcionar de manera predecible las 24 horas del día, los 365
días del año.
El mayor desafío actual es el costo de desarrollo e infraestructura
inicial, que es sumamente alto. No obstante, se proyecta que los costos
disminuirán a medida que la tecnología se estandarice, con el objetivo a largo
plazo de competir en el mercado eléctrico con la energía solar y eólica.
El ingenio humano está intentando replicar el proceso que la naturaleza
dominó desde el origen del universo. Interesante, ¿no?




Comentarios
Publicar un comentario